sábado, 9 de marzo de 2013

Algunos finales son felices, otros son necesarios.

- Esta mañana me he despertado y ya no estabas...
- Tenía cosas que hacer.
- No me mientas, llevo tiempo notándote distante...
- No te preocupes, simplemente tengo otras cosas en la cabeza. Se me pasará.
 
Pero no se nos pasa. Porque somos incapaces de hablar, y eso, al fin y al cabo, no hace sino aumentar nuestro dolor. El verdadero problema es que creemos no tener la fuerza -ni el valor- como para admitir nuestros fracasos, ni si quiera un fracaso concreto. Y no importa de qué tipo sea, ni a quien afecte, porque siempre optamos por el camino fácil, lo ocultamos.
Y por miedo a equivocarte, por proteger a alguien, o bien por cobardía, no afrontamos el problema, no luchamos por resolverlo, ni si quiera lo analizamos. Porque nos asustan las consecuencias. Y entonces nos “protegemos” de nosotros mismos rodeándonos de gente, escuchando sus historias, comprando de forma compulsiva objetos inútiles, o engañando a quien nos quiere con un “no te preocupes, simplemente tengo otras cosas en la cabeza, se me pasará”. Pero zas. Se ha dado cuenta. Y si lo nota, al fin y al cabo, es precisamente porque el problema sigue allí, callado, impasible, pero sigue existiendo. Y entonces comprendes que el no hablar, el cargar con todo el peso del mundo sobre tus hombros haciendo como si nada, no hace más que impedirte progresar. Porque este caos, este ruido existencial, esta forma de cerrar los ojos, los oídos y la mente no es más que un “intento de fuga”. Y ya empiezas a estar cansada de huir, pues es difícil seguir así eternamente... Tarde o temprano, te derrumbarás, y cuando eso ocurra, cuando suceda, bastará una chispa...

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